Yonkis del wi-fi*

Hace algunos años, casi quizás alguna década, cuando no llevabas puesto el reloj, preguntábamos a alguien que lo usaba, “¿qué hora es?” para situarnos temporalmente y de paso, a veces era el puntapié inicial de una conversación. Hoy prácticamente no hace falta, ¿quién no tiene móvil hoy día? Y lo peor del caso, ¿quién sale a la calle sin él?
Si que es cierto que aún seguimos preguntando a algún conocido/a que nos encontramos “¿tot bé?” con la inconsciente intención de no querer conocer la respuesta y el miedo de que la respuesta de nuestro interlocutor sea “No” y llueva sobre nosotros la catarata de sus problemas; ¿estamos dispuestos a escucharlos o tenemos suficiente con los nuestros?
Salimos a la calle y nos sobran cinco minutos para encontrarnos con algún ser humano, en modo peatonal, mirando obsesivamente el móvil, sea buscando una canción, apasionándose con la infinitiva y consecutiva serie de tiktoks, uno detrás de otro, que nos ametrallan la vista, los oídos y el cerebro y nos “anestesian” el alma para olvidarnos de nuestra “real” realidad o nos ayudan a entender que otro mundo es posible, aunque poco probable…
Muchas parejas celebran una cena en la ingrata compañía de sus móviles y la cercanía física que propone una mesa para dos es interrumpida por notificaciones o por las fotos que se intercambian acerca de los platos que están degustando en ese momento. Brindo por esas personas sin dispositivos móviles al lado de la copa de cerveza, que a veces sirven para evadir silencios incómodos, pero silencios al fin que hay que saber gestionarlos de otra manera y no con la evasión que propone el móvil. Sigo brindando por los padres que comparten el juego con sus peques y a las madres que tienen el móvil en el bolsillo de atrás del pantalón y no tienen la más mínima intención de usarlo, ¿total, para qué?, ¿podría haber algo más importante que darse cuenta de que el tiempo de tu hijo/a no tiene marcha atrás?, ¿qué te aporta el móvil que no te de una charla con tu hijo adolescente, el poco tiempo que le queda a tus padres o a lo que estás construyendo con tu pareja? Dejo de brindar porque luego me costará acabar este escrito…
El móvil tiene cámara de fotos, la hora, el tiempo, el minuto a minuto de la información de cualquier parte del mundo, la solución a nuestros problemas de salud y la “magia” de resolvernos cualquier inquietud; nos cuenta los pasos que hacemos, las calorías que gastamos, la situación geográfica, social y hasta emocional de nuestras amistades, hasta nos indica cómo llegar de un lugar a otro, con la entrañable felicidad que deparaba pararse al lado de la carretera, preguntarle a alguien como llegar al lugar y de paso perderse en el camino, conocer lo que no sale en el GPS y hundirse en la felicidad de las indicaciones humanas. El móvil lo tiene todo… o casi; le falta humanidad, cercanía, roce, miradas, todo lo que cada día perdemos, inevitablemente y casi sin darnos cuenta. Preferimos la inmediatez de las respuestas googleras, antes que la consulta en un libro o de boca de nuestros mayores. La irremediable sensación de satisfacción de nuestras necesidades cuando lo que sentimos es la falta de preguntas sin respuestas, la imposibilidad de encontrarnos con un desafío que nos cuesta resolver. Nos zambullimos en el móvil como la cabeza de una tortuga al hivernar, una pseudo introspección, fatal a la hora de apostar por las relaciones humanas. Sí, es cierto, las relaciones entre personas, en la era del móvil, son propuestas desde otro lugar y en otro espacio que es el que no comparto ni acepto del todo. Ahora que tenemos conexión 24/7/365, somos yonkis de los datos y del wi-fi, a pesar de que viene incluida la mayor desconexión del ser humano.
Gràcies, fins a la propera!

* Per Fer, director del 08640

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