El profesor llega tarde como llega todos los martes, sale de una clase en la Universidad y su puntualidad depende de si le cortan o no alguna calle (*). Como dejo de ser puntual, no por su desidia si no por la elección de sus trabajos en diferentes lugares y con horas muy cercanas, ya no le interesa quién cortó la calle, porqué lo hacen y si tienen o no razón. De todos modos, le encontró el disfrute a quedarse en un colectivo (**) 45 minutos más de lo que duraría un viaje normal; son casi 40 hojas más que puede leer; su tiempo de lectura ha bajado tanto como su salario.
“Buenas tardes”, es redundante, así que deja el papelerío sobre el prehistórico escritorio que ha visto todo desde que lo instalaron en el aula del segundo piso. Todas las tizas están partidas, y consumidas por el uso académico, pero también por un “Messi o Cristiano” que lleva varios meses en el ángulo inferior del mar negro. No elige su ojo, elige su uña la tiza menos peligrosa, harta de perder batallas contra el pizarrón. A recuperar el tiempo perdido y que nadie pregunte nada. Prefiere que no entiendan a que lo hagan arborizar varios minutos y no terminar lo acordado por su obsesión en cada clase. Un rato más y termina el objetivo de hoy; no se va a despertar pensando que no les dijo a los alumnos la importancia de los pitagóricos en la estructura matemática del cosmos. Y ahí el alumno del último banco, también preso de la nueva impuntualidad, mira su hoja repleta de nombres que no tiene idea de quienes son, pero por lo menos sabe que de todos esos tipos anotados, tiene que saber algo para poder aprobar. Luego se ocupará de entender lo que le enseñaron con las fotocopias de las fotocopias del resumen resumido de lo que tiene que saber que le dio una compañera que como tiene pánico a suspender: lee todo lo que puede para resumir todo lo que puede y llegar al examen sin entender nada, pero con cero posibilidades de ser desaprobada; porque sabe que nunca saldría de un “vuelva en el próximo turno de exámenes”. Ella sólo tiene una chance en toda la carrera, pero como nunca la usó, sigue en carrera. Ella no aprende, sólo aprueba.
Entonces el alumno del último banco mira todo lo apuntado: Heráclito de Éfeso, Tales de Mileto, Anaximandro, flecha que señala “los presocráticos”, flecha que señala “pensamiento racional, antigua Grecia, V palito A.C.”, “explicaciones míticas” como una pregunta, hay algo tachado, flecha que señala la palabra “buscar”. Abajo de lo escrito, con tres signos de exclamación y subrayado con resaltador dice: “Sócrates, Platón, Aristóteles”, una flecha señala: “los clásicos”, otra flecha señala: “Grecia, V, A.C”, de ahí sale otra flecha que señala: “transformación de la indagación racional”, de ahí otra flecha señala: “importante”, luego hay dos rayas en diagonal para marcar que el tema está cerrado. Abajo, escrito en mayúscula dice: “periodo Helenístico, Grecia”, una flecha señala a la frase: “hablar griego o identificarse con los griegos, ética individual, felicidad”, mientras termina de apuntar, redondea la última palabra, como diciendo “este pelotudo se cree que soy griego”. El docente pregunta si entendieron, los que creen que entendieron no preguntan porque tienen miedo de que la respuesta les haga ver que no entendieron nada. Los que no entendieron no quieren entender, sólo piensan cómo aprobar sin entender y el alumno del último banco, ve como su brazo se levanta; no es su voluntad, parece una marioneta; hay un hilo que levanta su brazo, no tiene nada que preguntar, pero su brazo se detiene cuando su hombro está más alto que el otro. No sabe qué preguntar, pero pregunta. El docente lo señala y en ese índice va la frase: “sí, usted, el del último banco”. El alumno del último banco se siente poseído, alguien ha tomado su brazo y ahora han tomado su voz: “yo quería saber si usted sabe qué olor hay en las calles de Atenas”, dice el alumno del último banco. Esa pregunta ha sido lo más duro que le han preguntado; contestar que ha sido siempre fóbico al avión, cuando el clonazepam se consigue sin receta, y decir que no viaja él, pero viajan sus ideas, es casi lamentable. Hacer creer que para un docente universitario es un lujo poder ir a Atenas es menos lamentable, decir que no es más sencillo…
“Un amigo me dijo que en Atenas hay olor a pastas recién horneadas, vino de garrafa y madera, debe ser el olor a la filosofía”, agregó.
Martín Yadid
(*) Dado que la historia transcurre en Argentina, la aclaración se refiere a que es habitual el corte de calles por protestas, arreglo de pavimentos u otras causas sorpresivas.
(**) Se refiere al transporte público de pasajeros, al autobús.




