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A los que murieron, ofrezcamos en estos días un buen lugar en nuestros corazones

 

Se acercan fechas muy familiares. En pocas semanas llega la Navidad y con la llegada de estas fechas se nos recuerda de manera muy intensa la ausencia de seres queridos que murieron. Siendo así, sus vacíos se hacen más presentes que en otros momentos del año.

Guardamos un especial recuerdo para aquellos seres que tuvieron un destino muy difícil, con un final de vida triste, abrupto, inesperado, dejando sin consuelo a los que se quedaron aquí.

Desde hace algún tiempo siento la conciencia profunda que aquello a lo que llamamos “casualidades” no existen. Y pensando en la posibilidad de escribir artículos como éste, me he encontrado a mi paso, personas que me han parado por la calle para saludarme con mucho cariño. Algunas de ellas, hacía tiempo que no veía y hablaba. Otras, apenas conocía, sólo de vista. Dos de estas personas, son madres que han tenido la desgarrada experiencia de perder a su hijo e hija en la flor de la juventud. Poco tiempo atrás también hablé con un padre que había perdido a su hijo. Recuerdo que me explicaba con profundo dolor: “Le di las buenas noches a mi hijo y a la mañana siguiente, al llamarlo y no responder, se me rompió la vida. Ya nunca más he vuelto a ser quien era. Con la muerte de mi hijo tan joven, también he muerto yo.”

 

Escuchar las palabras de personas que han tenido pérdidas tan difíciles es muy triste. Toca el corazón y sus palabras llegan al alma. Escribo este artículo con total respeto y amor para todas las personas que hemos perdido seres queridos a los que recordamos. En especial, con total sensibilidad me gustaría llevar palabras de consuelo, ternura y paz para aquellos padres y madres que sufren la ausencia de sus hijos o hijas. Todos podemos empatizar que no existe un dolor más profundo que la muerte de un hijo o hija. Es como si las personas tuviéramos la creencia inocente de que en el libro de la Vida, la muerte sólo llega en un orden y al final de la vida de un ser humano, pero la verdad es que de las pocas certezas que tenemos en el momento del nacer o incluso previo al nacimiento, es que algún día, tarde o temprano, la muerte llegará a nuestras vidas sin pedir permiso ni avisar. Es un hecho tan humano como otros a los que nos son más fáciles de abrazar y aceptar.

 

A veces me pregunto qué existe después de la muerte, qué puertas –metafóricamente hablando– se abrirán. Preguntarse por la muerte puede ser sinónimo de preguntarse por el sentido de la vida. Cada quién puede encontrar su respuesta o reflexiones. En la diversidad del sentir se encuentra la grandeza y la riqueza del Ser Humano.

 

Más allá de reflexiones hay algo que he aprendido a través de mi experiencia terapéutica y es que ofreciendo un buen lugar en nuestros corazones a los que un día nos dejaron aquí, encontramos una paz y una fortaleza maravillosa para seguir adelante en nuestro camino. De alguna manera, es como si con nuestro continuar en la vida les dijéramos: “Aquí todo está bien. Te recuerdo, te amo, honro tu destino. Descansa en paz.”

 

Con toda humildad, siento por mi experiencia de vida, que si hay algo que nos enseña la muerte es aprender el verdadero sentido del amor incondicional. Y más allá del tiempo y del espacio, aquellos que se fueron, seguirán vivos en nuestros corazones mientras aquí con amor les recordemos con gratitud y aceptación.

 

Concluyo este artículo citando las palabras de una autora maravillosa, Elisabeth Kübler-Ross, quien dedicó su vida profesional a investigar, profundizar y humanizar el sentido de la muerte, así como los procesos de duelo de las personas. Sus palabras llenan todos los espacios de esperanza, sabiduría y luz. Dice así: “Si vivís bien, no tenéis por qué preocuparos sobre la muerte, aunque sólo os quede un día de vida. El factor tiempo no juega más que un papel insignificante y de todas maneras está basado en una concepción elaborada por el ser humano. Vivir bien quiere decir aprender a amar.”

 

Con mis mejores sentimientos y de corazón, deseo para todos, unas fiestas muy familiares, entrañables, llenas de paz, luz y buen amor.

Encarna Delgado, psicoterapeuta

Centre Terapèutic, Olesa

 

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