Diario de una yonki emocional

¡Hacía tiempo que no me reía tanto!  es que el viernes 21 de febrero fui por primera vez a la “Ronda de la Buiraca”. Es una fiesta que se hizo la noche antes de carnaval y creo que los chicos del CROM, que son los que lo organizan, quisieron montar un guateque donde se contemplaran las tradiciones paganas del carnaval.

Empezó por el pregón dónde mi querida “La Crazy” y otro apuesto caballero (de quien no sé su nombre, ¡sorry!), se encargaron de meter el dedito en aquellos temas oscuros que no se quieren ver del pueblo, pero lo hicieron con amor y vaselina para que entre mejor y no duela. ¡Mis más gratas felicitaciones!

Y a eso que indagando me entero que la Buiraca fue de carne y hueso. Se ve que era una tipa que vivía al lado del “Sancho” y hacía lo que le salía de las narices, vivía sumergida en su propia locura, desde cantar por la calle, orinar allí donde más le apetecía, etcétera, etcétera.

Una “buiraca” es una funda para las flechas y le llamaban así porque un año por la Fiesta Mayor no había recursos para pagar la orquestra y ella se ofreció en carnes para guardar “las flechas” de todos los músicos. O eso cuentan las leyendas urbanas… a mi parecer creo que es un símbolo de libertinaje llevado al extremo que tanto anhelamos y a la vez criticamos.

El caso es que esa noche a la Buiraca, un “capgròs”, se la convierte en diosa. Lo que moralmente se ve como lo peor de lo peor se convierte en divinidad: ni más ni menos, como la vida misma.

Siendo sincera no puedo entrar mucho en el cómo ni el porqué de la fiesta ya que no lo sé. Pero me gustaría compartir en estas líneas qué es lo que yo sentí y lo que me llevo de la experiencia.

Había todo tipo de gente cargadas de colores, pelucas, máscaras y diferentes ropajes. Cantaban, bailaban, bebían y otros simplemente acompañaban con su presencia. Empezando por el tipo de chaqueta a cuadros, el que estaba en el concierto acompañado de una vídeo llamada que no se si meaba o se pajeaba, quizá ambos o ninguna, ¿y qué más da? O la chica indignada porque un “yogurín” la ignoraba, ¿y qué te pasa a ti con eso de sentirte ignorada? Él sabrá lo que le cortaba… ¿y qué más da? El amigo obsesionado tomando tragos sin pensar porque tiene miedo que a su ex sus amigos se la van a ligar. ¿y qué más da? O a todos aquellos “demasiado” cabreados con la autoridad que me atrevería a mojarme y a invitarles que se pregunten: ¿y qué os pasa con papá y mamá?

Entonces me acerqué al que vestía de Papa Francisco y le pregunté: ¿Usted me confesaría? Me pidió penitencia de 50 avemarías, pero no sé si con eso de todos mis pecados me libraría.

Vi una noche en la que parecía que todos habíamos perdido la cordura. Y cuando entramos en esa posición somos incapaces de ver a los demás, de mirar a la vida. Exactamente lo que sucede en el mundo real del aquí y del ahora.

Os voy a contar un secreto: lo siento, pero todos somos la Buiraca. En nuestro interior siempre hay un personaje que es lo más ruin que nos podemos echar a la cara. Sí, sí, esa parte hija de puta que parece que ha venido aquí a jodernos la existencia. Pero estoy segura que sin ella carecería de significado nuestra vida. En ocasiones queremos esconderla y siempre asoma cuando menos queremos que salga. Y luego nos lamentamos. ¿Pero, por qué hice eso? ¿Por qué dije aquello? ¿Por qué actúo de esa manera si en realidad no quiero? ¿Por qué siempre caigo en la misma piedra?

¿Sabéis cuando apretamos una pelota en un cubo lleno de agua para que no salga y ella sigue intentando salir a la superficie? La pelota siempre acabará saliendo por mucho que hagamos fuerza en la dirección contraria. En el momento en que nos cansamos de apretar o nos despistamos la pelota vuelve a salir. Pues así tal cual sucede en nuestro interior con aquello que tanto tapamos. Cuanto más lo evitamos y controlamos, más lo reforzamos. Controlar hasta descontrolar.

Esa noche me pareció un simbólico ritual de una necesidad generalizada. Y sobre todo de necesitar aceptar y dejarnos de machacar por lo que hacemos, hicimos o dejaremos de hacer. Cuando la vida es más sencilla y sólo nos está pidiendo ser. Y es que a veces no tenemos que ser tan represivos como la cultura manda.

Hablando en términos gestálticos, necesitamos escuchar todos los personajes que nos habitan en nuestro interior. Poner las cartas sobre la mesa y preguntar a uno y a otro: ¿qué quieres de mí y a qué has venido?

Como antes he comentado, igual que a la Buiraca se la convierte en divinidad por una noche a pesar de todos sus “malos” comportamientos, si nosotros vamos dando lugar a que se exprese esa parte y la cuidamos desde la compresión, la transformaremos en nuestra mayor fortaleza. Y una vez las conocemos, ya podemos actuar desde la consciencia y dando lugar a la responsabilidad de mis actos, pero si no, andamos en piloto automático y lo único que hacemos es lamentarnos de “los destrozos” del mañana.

¿Y no os parece curioso que después de años y muerta, a esta mujer aún se la recuerde? Despuntemos, pero no nos culpemos. Cuando nos dejamos estar de ser buenos y malos y simplemente somos ahí es cuando llegamos a habitar nuestro más preciado poder.

No hay mayor expresión de libertad que la capacidad de decidir desde donde quiero actuar. Porque no se trata de dejar de utilizar cada uno de nuestros personajes, pero sí de sabernos despegar, lo saco cuando quiero, como quiero y hasta donde quiero. Yo lo manejo a él, nunca él a mí. Porque no queremos ser marionetas. ¡¡¡Y bufff!!! ¡Qué descanso da esto, de verdad”

Se me pasaron por la cabeza todos mis deseos más profundos esa noche, pero ahora decido pensar antes de actuar. Antes me dejaba llevar por mis emociones sin importar las consecuencias. Con eso me refiero a que es importante equilibrar el personaje más racional con el más instintivo. ¿Por qué digo esto? Porque corremos el peligro de quedarnos atrapados en nuestra Buiraca (neurosis) más profunda. Me encontré un chico que hacía como diez años que no veía, un poco perjudicado nos decía que no nos entendía. Su frase de la noche era: “Ya si eso subimos para arriba”, únicamente decía eso, a modo piloto automático. Y no me estoy riendo de nadie, que quede claro. Pero estaba atrapado en la misma locura en la que lo vi la última vez.

¡Clara necesidad de descontrolar! Y esto es muy común cuando en nuestro ADN hay muchos mandatos de obligación. La sociedad en general nos conduce a la represión y eso nos lleva a una profunda depresión. Quiero agradecer a un gran amigo por facilitarme información y felicitar el gran trabajo de la asociación, se percibe que detrás hay una gran dedicación. Gracias por compartir vuestra voz interna con el pueblo.

Y desde aquí dejar claro que esto es una humilde opinión y reflexión desde como lo viví yo y dándole un enfoque terapéutico. Así que estoy abierta a recibir cualquier aclaración.

 

Montse Martínez

Terapeuta Gestalt

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