Sin nombre

Sin nombre

Hemos oído, leído, mirado y consumido de todo y para todos los gustos durante estos días. Y seguiremos haciéndolo. Quedarse en casa durante tantos días no es tarea fácil, porque, por un lado, no estábamos acostumbrados y también porque aun sabiendo que es la mejor solución para esta pandemia –entre otras acciones- nos cuesta entender el día a día sin continuar con la inercia de la rutina que traíamos. Los medios de comunicación serían para un capítulo aparte: hemos consumido de ellos más minutos que nunca, sentados frente al televisor, con los auriculares escuchando la radio o delante del ordenador con la incesante metralla de mensajes, noticias, consejos, relatos e historias de todas partes del mundo, siempre, claro, sobre el mismo tema. ¿Hasta qué punto estamos bien informados? ¿Demasiada información llega a crearnos desinformación? ¿Cuánto de verdad hay en todo lo que recibimos como lectores, televidentes u oyentes?

Con una sorprendente velocidad, aparecieron retos, campañas, ideas, consignas, consejos y todo tipo de cosas para hacer durante el confinamiento, aún antes de advertir qué era lo que realmente estaba pasando. De un modo apabullante surgieron los abrazos virtuales, los besos telemáticos, los saludos con los codos, el reencuentro a la distancia con los amigos olvidados o con los familiares con los que estábamos peleados. Se construyeron nuevos escenarios sociales a partir de la superación de las tonterías cotidianas, que a veces enferman más que un virus. Surgieron los vecinos a los que no conocíamos, los comerciantes y empresarios generosos, los que ayudan desinteresadamente. Han aparecido cantantes, bailarines, grupos de teatro y de circo que hacen sus funciones por YouTube; profesores de yoga, de taekwondo, de idiomas y demás disciplinas, con tutoriales o clases por Skype. Hay cursos de chino, de cocina, de bricolaje de pintura y de lo-que-se-te-ocurra, hasta quizás exista la master class de cocina china para luego de pintar tu casa y arreglar tus muebles…

 

La psiconalista argentina Alexandra Kohan planteaba en una entrevista reciente: “¿Cómo se podría leer, escribir, terminar la tesis, ordenar el placard (armario), “aprovechar”, si el mundo, tal y como lo habitamos hasta hoy, ya no está más allí? Me parece muy complicado intentar armar escenarios como si nada estuviera pasando, como si todo fuera igual pero dentro de casa”. Todos, tarde o temprano, nos fuimos adaptando a nuevas reglas de juego cuando como ella dice “se detuvo el tiempo y nos quedamos pedaleando en el aire”.

En definitiva, nuestros sueños, promesas y desafíos también se sumergieron en un confinamiento obligado. Quizás el tiempo, que ahora parece que nos sobra y antes era tirano, nos haga replantear la manera en que enfocábamos nuestras vidas.

 

Mientras tanto, continúo mirando para adelante a pesar de que el contacto con la calle me produce un sentimiento difícil de explicar, quizás sea una mezcla entre incertidumbre y tristeza, entre desolación y desasosiego, que me interrumpen la alegría que encuentro cuando sé que después de que pase todo esto, la vida continúa. Me quedo con poder compartir las pequeñas cosas (aunque sea a través de una pantalla), los gestos desinteresados y el costado bueno de las personas, que hoy por hoy, está aflorando más que nunca.

 

Aquí en Olesa, cada día, a la hora señalada, salgo a aplaudir por los sanitarios y por todos aquellos héroes anónimos que, exponiéndose al contagio, están al pie del cañón y en primera línea, poniéndole el pecho al bicho. Salut!

 

Fernando Gigena

Director del 08640

 

 

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